Hace unos meses mi marido abandonó todos los grupos de WhatsApp cuyo único fin era el de difundir contenido de carácter sexual. Eran tres. El de los compañeros de trabajo, el de los conocidos del barrio y el de los amigos de toda la vida. “Estos días estoy dejando todos los grupos que denigran a las mujeres. No es nada personal”, escribió en todos ellos antes de pulsar el botón de “eliminar”.

Hace tiempo que, en estos canales cerrados, los hombres actúan como verdaderas manadas, comentando acerca de los cuerpos y los actos de las mujeres como si se tratara de objetos sin alma. Una simple conversación es suficiente para que un hombre inteligente entienda que eso no conduce a nada bueno, simplemente refuerza las firmes raíces del patriarcado. Pero los hay que no quieren entender y te miran con condescendencia cuando les recriminas su comportamiento. “Menuda loca histérica”, piensan. Algunos, incluso, te lo dicen. Con mejores palabras, claro.

El caso de Verónica, la mujer que se suicidó a principios de semana tras viralizarse un vídeo suyo de carácter sexual, ratifica el entorno de terror en el que vivimos las mujeres. Se desprenden tres constataciones clave del caso. Primero, se demuestra que la historia no ha cambiado nada. El relato es antiguo: ellas, putas; ellos, triunfadores.

Segundo, se constata que la responsabilidad, cuando hay un abuso sexual, continúa recayendo sobre la mujer. Un afamado torero se atrevía a decir ayer en un plató de televisión que los vídeos sexuales no deben compartirse porque los hombres son incapaces de quedárselos para sí mismos. Pedir a las mujeres que no hagan y compartan con quién les dé la gana este tipo de vídeos, es como exigirles que no lleven falda para no ser violadas.

El hombre tiene derecho a no poder contener las ganas de compartir el vídeo con sus amigotes, pero la mujer no tiene ninguno de grabar su cuerpo y enviar el vídeo a quién le dé la gana. El señor Rivera es un irresponsable, pero la cadena y los directores del programa que lo llaman para consultarle sobre estos asuntos lo son aún más. Los medios son cómplices dando cabida a estos relatos acusadores.

El comportamiento de la empresa, que ahora investiga la justicia, parece también reprochable, pues a pesar de conocer el acoso que sufría Verónica por parte de algunos compañeros no hizo nada para frenarlo porque lo atribuyó a una cuestión personal y no laboral. Tercera constatación: las empresas siguen sin tener recursos sobre cómo actuar frente a linchamientos de carácter sexual. Estoy convencida de que, si quienes los sufrieran fueran los hombres, ya habría decenas de protocolos implementados y consultores prestando servicio en la materia.

Los compañeros de Verónica harían bien de dejar de compartir esos vídeos y eliminar sus grupos de WhatsApp creados para tal fin. Son corresponsables del suicidio. Y ponen de manifiesto la necesidad de una educación feminista, tanto en la escuela como en la calle. Ellos, como mi marido, deberían avergonzar a quiénes les hagan llegar vídeos de esta índole, en lugar de seguir juzgando el comportamiento de las mujeres. ¡Dejadnos vivir en libertad!

 

Ilustración: Francina Cortés.