Defiende un periodismo comprometido con la verdad e independiente de los poderes económico y político. David Jiménez ha sido corresponsal en Asia durante dos décadas y director de El Mundo durante un año. En su libro El director (Libros del K.O.), dedicado a los futuros periodistas, certifica que una parte del oficio, aquél que sirve al poder y no a los ciudadanos, está herido de muerte. Y arremete contra todos: directivos, periodistas, empresarios del Ibex y políticos, pero también sindicalistas, lectores y asociaciones profesionales.

Es un libro descorazonador porque constata lo que muchos sabían, pero nadie se atrevía a plasmar negro sobre blanco, al mismo tiempo que es refugio para muchos periodistas, Los Invisibles. Los que un día entraron en una redacción con el empeño de transformar el que debería ser el oficio más bonito del mundo y al final la rueda de la mediocridad terminó engulléndolos. Los que jamás tuvieron la oportunidad de entrar en un medio y apostaron por vender sus piezas desde la otra punta del mundo en condiciones miserables. Los que pasaron por una redacción, y vistas las dinámicas, decidieron dar el salto a otra profesión.

¿Cómo acepta alguien como tú el cargo de director de El Mundo?

Nunca había ambicionado el cargo, ni esperaba ocuparlo porque yo siempre había sido un reportero de ir a los lugares y contar historias. No era una persona para los despachos. Pero la empresa pensó en mí en un momento crítico y me pidió ayuda. Yo tenía un vínculo sentimental con el periódico, en el que había entrado como becario, y pensé que no podía eludir esa responsabilidad. Entre otras cosas porque creía que tenía una ventaja, si bien es cierto que no tenía experiencia, como llevaba 20 años fuera de España, tampoco tenía ninguna atadura y creía que iba a tener absoluta libertad para llevar a cabo el proyecto que quería.

Pero no la tuviste…

Muy pronto me sentí engañado porque las promesas de darme medios, tiempo y apoyo para hacer el proyecto que quería no se cumplieron. Además, me encontré con unas presiones que uno puede esperar desde fuera de la empresa, pero no desde dentro. Una de las cosas de las que me siento más orgulloso es de haber resistido a las presiones internas aun sabiendo que eso me iba a costar el cargo. Hasta el último día que fui director de El Mundo mantuve la independencia editorial y no dejé que el lado empresarial interviniera en las decisiones periodísticas.

¿Por qué te ofrecen el cargo?

Quizá pensaron que sería más fácil de manejar de lo que acabé siendo.

Explicas en el libro que cuando entras tienes dos proyectos clave: el lanzamiento de un nuevo periódico impreso de domingo y la renovación de la web. Vas desgranando todas las resistencias que te encuentras para sacar adelante el proyecto digital porque la empresa todavía apuesta por el papel. ¿Qué hiciste para vencer esas resistencias?

Estaba convencido, después del año en que estuve como Nieman fellow en la Universidad de Harvard, que el debate entre digital y papel había muerto en España igual que había muerto en los Estados Unidos, donde los grandes diarios tenían claro que su supervivencia dependía de crear un negocio digital. Para mi sorpresa no fue así. Todavía había un debate en la redacción sobre si apostar por el papel para recuperar los lectores perdidos en ese formato. Yo no tengo nada en contra del papel, pero sí tengo claro que nuestra supervivencia depende de desarrollar un negocio digital. Las resistencias provienen de una aristocracia que se ha creado en las redacciones y que ve amenazada su situación cuando alguien quiere cambiar las cosas.

De hecho, propones un cambio voluntario de horarios para que haya gente en las horas de más tráfico en la web y el Sindicalista llama a tu puerta.

Sí, son Los Nobles de las redacciones. Gente que lleva mucho tiempo haciendo lo mismo con buenos sueldos y se resiste al cambio. Grupos de privilegio que han taponado la entrada de los que quieren innovar y llevar el periodismo al siguiente nivel. Y ese es uno de los problemas de los medios tradicionales: están desaprovechando el talento joven. Cuando lo seleccionan es para explotarlo y tenerlo en condiciones que no son dignas.

Aparte de estas resistencias, los periodistas, en general, somos conservadores. 

Costaba encontrar personas con ganas de renovarse, aprender, modificar sus rutinas. Porque, aunque los principios del oficio, que son contar la verdad, informarse y contrastar, no han cambiado, sí que han aparecido nuevas herramientas que nos permiten hacer más cosas y alcanzar nuevos lectores. Intentaba convencer de ello a toda la empresa, pero una parte de la redacción y la dirección no estaba dispuesta a hacer ese cambio.

Describes un sector bastante mediocre.

Es un mercado laboral absolutamente distorsionado, que no atiende a la meritocracia y es una de las primeras cosas que tenemos que cambiar. Hay jóvenes con talento, ganas y energía. Me preocupa que pierdan el tren. Hay quién ya está abandonando. Corremos el riesgo de desaprovechar a una generación de periodistas y eso solo beneficia a la casta periodística.

Quizá la clave esté en encontrar el modelo de negocio en Internet. Los medios tradicionales tienen pensado implementar muros de pago en el digital a finales de este año o principios del año que viene. ¿Se pueden permitir pedir dinero por lo que ofrecen?

Los muros de pago ya se han probado y no funcionaron. La primera regla de oro de un modelo de suscripción es ofrecer un contenido único, original, exclusivo, que el lector no pueda encontrar gratis en otro sitio. Después está la credibilidad. La gente sólo va a pagar si confía en el medio. Y por último es necesario un periodismo desapegado del poder. Se pagará por un periodismo que se centre en el interés de los lectores y no en el interés de los poderes económicos o políticos. Es decir, la independencia es fundamental para un modelo de pago.

Si tienes todos estos requisitos, ¿hay una masa crítica suficiente dispuesta a pagar por el periodismo?

Hasta ahora hemos visto que en España ha cambiado un poco la mentalidad y los ciudadanos están dispuestos a pagar por entretenimiento: Netflix, HBO… Pero aún hay resistencia a pagar por la información porque en España la gente no termina de entender la importancia de la prensa libre en un sistema democrático. Diría que es por falta de cultura democrática, a diferencia de lo que ocurre en otros países como los Estados Unidos o el Reino Unido.

¿Hay atisbos de cambio?

La transición hacia el modelo de suscriptores será un proceso doloroso porque muy pocos medios tienen un contenido original y de valor que no se pueda encontrar en otros sitios. Y también muy pocos medios pueden decir que están haciendo un periodismo independiente. Yo creo que hay que hacerlo al revés: primero ofrecer periodismo independiente y de calidad y luego pedir a los lectores que lo financien. De lo contrario, vamos al fracaso seguro.

En el libro explicas que hay lectores que no querían ese periodismo independiente. Hay una cita en una referencia a los lectores de tu periódico que aplica a cualquier otro lector de cualquier otro medio: “Pensaba que si uno estaba de acuerdo con todo lo que leía en su periódico era porque no era un periódico sino un panfleto. Pero muchos de aquellos lectores creían justamente lo contrario”.

Hemos maleducado a las audiencias en darles sólo contenido que refuerza sus propias creencias, en lugar de ofrecer pluralidad de pensamiento. Si miras las tertulias, verás que los periodistas piensan exactamente lo mismo. Hay periódicos en los que todos los columnistas tienen una misma ideología. O investigaciones periodísticas siempre contra el mismo partido político. Hemos creado un periodismo de trinchera que será difícil revertir porque la gente ya espera eso: reafirmar creencias. Mi periódico me gusta porque dice lo que yo pienso.

La tiranía de la audiencia…

El periódico, además de enfrentarse al poder, debe enfrentarse a sus propios lectores. Y contarles cosas que no les van a gustar, pero es difícil si no hay una conciencia crítica. Ahí ya entra en juego la educación y debemos preguntarnos porque en España no existe ese cuestionamiento de las propias ideas. Creo que es minoritario el público que quiere un periodismo de calidad, independiente y sin ideología y eso me preocupa porque entonces los modelos de pago van a tener que crearse sobre un periodismo ideológico, sectario y de un bando. En vez de decirle a la gente paga por mi honestidad, independencia y rigurosidad, le diré a la gente “págame porque te voy a hacer un periodismo a la medida de lo que ya piensas.”

¿El periodismo depende más del poder económico o político?

En los grandes medios hay mayor dependencia del poder económico. Y en los medios locales, del poder de las administraciones públicas. En los grandes medios ejerce mucha más influencia el poder económico porque a raíz de la crisis no hay dinero. Y los Acuerdos son cada vez mayores. Renunciar a los pactos con el Ibex a cambio de un tratamiento amable es muy difícil porque la audiencia no sustenta los proyectos periodísticos. Y las empresas periodísticas están ahí atrapadas. Es una trampa. Por una parte, dependen del poder económico y, por la otra, esa dependencia económica no les permite crear proyectos nuevos para transitar hacia modelos de dependencia de los lectores.

¿Se podrá romper este círculo vicioso a corto plazo o estos grandes medios están condenados a perder influencia?

En cinco o diez años, el mapa mediático cambiará mucho. Algunos de los tradicionales fracasarán. Algunos nuevos medios conseguirán ganarse la confianza de la gente y crearán modelos de suscripción. Será una selección natural. Una de las perores cosas de las empresas tradicionales es que están en manos de directivos que ni entienden de periodismo, ni tienen visión de hacia dónde va el oficio, ni tienen interés. Los intereses son otros: las relaciones con el poder, pues el futuro profesional de estos directivos, en ocasiones, pasa por irse a las empresas a las que les hacen favores.

Las relaciones viciadas entre el poder mediático, económico y político son las que llevan a muchos ciudadanos a desconfiar de la prensa. Es la crisis de los intermediarios. Según lo que describes en el libro, no me extraña.

Aunque el trabajo de los medios es vigilar al sistema, se han convertido en el sistema. Y esa función, la de vigilancia, no se puede ejercer desde dentro. Hay un círculo periodístico del establishment: comen con políticos, van a tertulias políticas, se dan importancia unos a otros, comparten intereses… pero se mueven en un círculo muy reducido y alejado de la sociedad. Así es difícil tomar el pulso a la ciudadanía, servirla y contar historias que le interesen.

Las mujeres tampoco estamos representadas en los medios: “Habíamos superado los tiempos en los que las mujeres eran enviadas a Documentación cuando pedían conciliar trabajo y vida familiar, pero seguíamos lastrados por un machismo crónico y más sutil: el trabajo de las mujeres, especialmente el de las más jóvenes, era juzgado con condescendencia y sus oportunidades de alcanzar jefaturas, coartadas”. ¿Cómo revertir la situación en una profesión en la que un 80% de estudiantes son mujeres?

El periodismo es una profesión machista en la que durante décadas se ha relegado a las mujeres a un papel secundario y en la que para las promociones internas siempre contaban los hombres. Y en la que nunca se ha dado ninguna facilidad para conciliar. Eso ha perjudicado mucho a los medios porque los temas siempre han sido propuestos y del interés de los hombres. Se está empezando a corregir ahora, pero estamos muy lejos. Sigue siendo raro ver a mujeres en puestos de jefatura de las redacciones. Eso es dispararse al pie. Es dejar de lado contenidos que importan a mucha gente. Las mujeres no llegan a puestos de dirección porque no llegan a puestos intermedios. Y eso es lo que hay que cambiar. Que las jefas de sección sean mujeres y de ahí den el paso a la dirección. Nosotros hemos de ser aliados y denunciar cuando un hombre menos capaz accede a uno de estos puestos. Y luchar por medidas de conciliación.

¿Vas a impulsar El Normal, ese proyecto periodístico del que hablas en el libro al servicio de la ciudadanía?

Una de las cosas que más ilusión me ha hecho es la cantidad de estudiantes de Periodismo y periodistas jóvenes que leen el libro, se sienten inspirados y me dicen que si alguna vez fundo El Normal les llame. Es una muestra de que hay ilusión y energía. Sería un medio que podría contribuir a esa renovación del periodismo de la que se habla en El director. Pero tiene sus dificultades: el plan de negocio, saber si hay esa masa de gente crítica dispuesta a pagar por un periodismo independiente, honesto, sin ideología. Dispuesta a pagar para que le cuenten una verdad que incluso les incomode. Y hay que hacer números y ser solvente, porque de nada serviría crear un medio para cerrarlo al año, mal pagar a los periodistas y los freelances o tener que hacer esas llamadas miserables al Ibex para que ponga publicidad… Me doy el verano para pensarlo.

Te volveré a preguntar después del verano, ¿pero hay algo tangible de El Normal ahora?

Desde que salí de El Mundo no he dejado de pensar en proyectos. Lo he hablado con amigos y hay ideas, bocetos.

 

Imagen: David Jiménez en un desayuno informativo celebrado en la facultat de Comunicació Blanquerna – Universitat Ramon Llull el pasado 6 de junio.